Las luchas sociales y el cine argentino

CINE Y SOCIEDAD

Las luchas sociales y el cine argentino

Por Fernando Perales

Introducción

En agosto de 1999, el Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken” realizó una encuesta entre un centenar de personas ligadas de una u otra manera a la actividad cinematográfica. Cronistas, críticos, investigadores e historiadores del cine fueron consultados sobre cuáles eran, según su parecer, las cien mejores películas argentinas estrenadas
comercialmente desde el año 1933, fecha de la llegada del cine sonoro al país.
Entre las diez obras más votadas, aparecían siete filmes que reconstruyen determinados momentos de la historia argentina, siempre con un celo profundo por recrear fidedignamente la verdad de los acontecimientos. Junto a notables obras de ficción, aunque encaradas desde una perspectiva casi documental, como Crónica de un niño solo de Leonardo Favio (1965) que fue la más votada, o Pizza, birra y faso (Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, 1999), que ocupó el décimo lugar, se mezclaban muchas otras películas
basadas en hechos históricos puntuales, como Camila (María Luisa Bemberg, 1984) y La Patagonia rebelde, (H. Olivera, 1974) o inspiradas en hechos sociales del siglo XX, que representaban con el mayor grado de realismo posible circunstancias críticas de nuestra historia reciente, como Las aguas bajan turbias (H. del Carril, 1952), Prisioneros de la tierra (M. Soffici, 1939) o La historia oficial (L. Puenzo, 1985).
Estos resultados nos dan una clara idea acerca de cuál es la tendencia más valorada dentro de nuestro cine. No es sólo la mirada sobre los “sucesos argentinos” o las luchas laborales o sociales. También se abarcan las crónicas del presente en crisis, como Mundo Grúa (Pablo Trapero, 1999) o la ya mencionada Pizza, birra y faso, o el retrato cruel y sincero de la vida cotidiana, como La tregua (S. Renán, 1974). En definitiva, aquello que interesa al cine
argentino, es la reconstrucción verdadera de mundos ficcionales inspirados en la otra verdad, la del mundo real, siempre y cuando esa mirada artística no traicione ni desfigure en su análisis, lo más esencial y problemático del tema tratado.

Cine y memoria

Si en el futuro pretendo buscar en el cine la representación verdadera del pasado, es porque entiendo que las películas pueden funcionar, en algunos casos, como libros de historia. En una cultura predominantemente audiovisual, donde el acercamiento a la lectura tradicional, en amplios sectores sociales casi no existe, el cine se convierte en el medio apropiado para difundir, comunicar e informar sobre las encrucijadas socio-políticas del pasado. Es más, el cine forma parte de los discursos que en una sociedad se encargan de formar y atesorar la memoria común de un pueblo; aquello que se olvida y nunca más vuelve a rememorarse se pierde para siempre.
Hacer historia es recordar, memorizar. El cine, la imagen en movimiento, reforzará nuestra frágil y escurridiza memoria. He aquí la concepción detrás de este análisis. A través del cine y de su tendencia a la ficción casi documental puedo conocer, por ejemplo, la evolución de las luchas sociales que ocuparon y desangraron este país durante el siglo XX.
Para corroborar esta hipótesis, vamos a recurrir a cuatro filmes que nos van a permitir conocer y analizar el desarrollo de los movimientos populares que, desde los años ‘10, lucharon por lograr que el trabajo fuera una actividad digna.
En esta evolución podemos destacar, en principio, cuatro momentos fundamentales: un primer período, en el cual no existían normas, ni regulaciones laborales garantizadas constitucionalmente. Nos ubicamos en el período histórico que va de los años ‘10 hasta mediados de los años ‘30, caracterizado por los intentos de organizar la fuerza común de los trabajadores, para hacer frente al atropello implacable de las poderosas patronales, que actuaban impunemente con el visto bueno de los gobiernos de turno.
Un segundo momento, marcado por el primer gobierno peronista, en el cual todos aquellos reclamos sociales y laborales del pasado logran un lugar en la Constitución Nacional, garantizándole a los trabajadores un piso mínimo de condiciones de trabajo, que no pueden ser dejadas de lado arbitrariamente por el Estado, ni por los empleadores.
El tercer momento está signado por el exilio de Perón, que es vivido como la pérdida del líder político capaz de defender los derechos de los asalariados, quienes con la desaparición de aquel que consideran su jefe natural, sufren como una amenaza constante la servidumbre del Estado frente a las inquietudes del imperialismo.
Las leyes de flexibilización laboral representan la última etapa de este recorrido. Dictadas durante el imperio atroz del “último peronista”, anulan y degradan las conquistas laborales conseguidas durante los últimos 50 años. Nos retrotraen al período señorial de principios de siglo, en el cual los empleadores, en virtud de su poder económico, disponían libremente de las condiciones de trabajo de sus empleados.
La Patagonia Rebelde
Quebracho nos dan a conocer el primer momento,Las aguas bajan turbias, el segundo, y Los hijos de Fierro (Fernando E. Solanas, 1974) nos brinda una lectura de la persistente amenaza bajo la cual se encuentra la clase trabajadora desde el año 1955 hasta mediados de los años setenta, amenaza que se va a hacer efectiva con las posteriores leyes menemistas. Este período aún no tiene obras cinematográficas que lo representen. Esa será tarea del futuro.

Del frío patagónico al quebracho bañado de sangre

Protagonizada por Héctor Alterio, Luis Brandoni y “Pepe” Soriano, La Patagonia rebelde, es un verdadero clásico entre los filmes históricos nacionales. Está basado en “Los vengadores de la Patagonia trágica”, una exhaustiva y extensamente documentada investigación realizada por Osvaldo Bayer. Para nuestro análisis, éste no es un dato menor ya que nos marca la intencionada reconstrucción documental que propone la película de Héctor Olivera, quién además contó para la elaboración del guión cinematográfico con la ayuda del propio Bayer, hecho que ratifica la voluntad de no desfigurar la matriz histórica original.
La Patagonia rebelde fue ambientada principalmente en Río Gallegos (Provincia de Santa Cruz), durante los años finales de la década del ‘10, y narra las circunstancias que llevaron a la formación de una célula sindical de trabajadores rurales, motivada por la búsqueda de mejores condiciones de trabajo. El film explica las causas que llevan de las primeras asambleas gremiales a la implementación de una serie de huelgas del campo que, por su duración, obligan a tomar partido al gobierno radical de Hipólito Yrigoyen. Es el propio presidente quien envía a un militar de su confianza a informarse y resolver la cuestión. El Comandante Zavala, interpretado por Héctor Alterio, llega al sur, recorre estancias, observa las condiciones infrahumanas en las que viven los peones, habla con los patrones, entrevista a los capataces y finalmente redacta un informe con sus conclusiones. Afirma en él, que la culpa de los conflictos es de los estancieros; que los constantes reclamos y la conducta violenta de los trabajadores deriva de la vergonzosa condición humana a la que se ven reducidos por el avasallamiento de los patrones.
Tras este informe, se firmará el primer convenio colectivo de los trabajadores rurales; este convenio a favor de los peones de estancia, será entendido por la oligarquía de la zona, mitad inglesa, mitad argentina, como una traición llevada a cabo por el Comandante Zavala, hacia sus intereses de clase. Este dato es muy significativo, y establece la casi imparcial mirada de Bayer sobre el problema, ya que si bien su simpatía se vuelca del lado de los trabajadores, es capaz de reconocer la nobleza y justicia de ese militar que, en un primer momento, se muestra comprensivo de los reclamos laborales.
Decimos en un primer momento, ya que el convenio no será cumplido por los patrones y nuevamente recrudecerán las huelgas, ahora mucho más extensas que las anteriores. El Comandante Zavala será nuevamente el encargado de resolver la cuestión, pero esta vez lo hará en sentido contrario. La masacre de los líderes sindicales y de centenares de trabajadores marcará el cierre de las disputas por la dignidad laboral en el sur argentino.
Una de las grandes virtudes del film de Héctor Olivera es el gran análisis que realiza de las relaciones de complicidad entre los estancieros patagónicos, los empresarios ingleses y el poder militar que oficia de fuerza de choque contra la que se supone que es una avanzada del socialismo importado por los inmigrantes centroeuropeos que servían de mano de obra en las estancias del sur de nuestro país.
El relato de La Patagonia rebelde expone también, por debajo de esta historia puesta en primer plano, el momento de toma de conciencia del jefe militar, responsable de la sangrienta matanza final, de su papel dentro de esta trama de relaciones económicas y políticas. En la última y gran escena de la película, la comunidad de Río Gallegos festeja y agasaja a los militares después de la matanza de los huelguistas, cantando en inglés “Porque es un buen compañero”. De pronto, el rostro del personaje del Comandante Zavala empieza a transformarse hasta adquirir una siniestra mirada que indica que acaba de descubrir que se ha equivocado y que en realidad él ha trabajado para los estancieros vende-patria, aliados de los ingleses. Un excelente cierre que le permite al espectador pensar en la problemática y ambigua relación de aquellos que se presentan como defensores de la patria, cuando en realidad se ponen al servicio justamente de aquellos que sirven a los poderes económicos extranjeros.
El planteo de Quebracho es similar al de La Patagonia rebelde; ambientada en la segunda mitad de la década del ‘10, en la región chaqueña, trata el problema de los hacheros del quebracho, explotados sin restricciones por los empresarios ingleses, quienes gracias al amparo de los gobiernos provinciales y nacionales y a la ayuda represiva de la policía local y de una pequeña fuerza armada para-policial especialmente formada por la empresa, sometían a los obreros argentinos a condiciones de vida cercanas a la esclavitud.
Podemos observar en Quebracho, al igual que en La Patagonia rebelde, el papel fundamental que han jugado las ideas de los inmigrantes europeos referidas al anarco-sindicalismo, en el surgimiento del movimiento gremial de nuestro país, principios que le han mostrado el camino a los trabajadores nativos para romper con las condiciones humillantes, bajo las cuales eran obligados a desempeñar su trabajo.
Descubrimos también, como en alguna época la labor del sindicalista fue noble y se mostraba sinceramente comprometida con la causa del trabajador: enQuebracho es el jefe sindical quien aporta los instrumentos para lograr las mejoras laborales; con clases comunitarias, dentro de una comunidad casi analfabeta, se les enseña que el camino de la liberación va de la mano de la educación, que el sometimiento se halla en la ignorancia y en la incapacidad de discusión con los patrones. Cumple un papel fundamental aquí, como en La Patagonia rebelde, la imprenta como medio de difusión y comunicación entre los compañeros de las distintas resoluciones adoptadas por las organizaciones gremiales.
El relato de Quebracho marca claramente dos épocas distintas de la lucha obrera. Uno, entre 1914 y 1918, período de cambios iniciados con la Primera Guerra Mundial y que se cierra con la toma del poder por parte del comunismo en Rusia, acontecimiento trascendental que cifra las esperanzas de una transformación mundial de las relaciones de trabajo. En este momento, los líderes de los trabajadores surgen del propio interior del
movimiento; son los mismos trabajadores quienes se hacen cargo de levantar y defender las banderas de sus reclamos. En una segunda etapa del problema del quebracho, alrededor de los años ‘40, surge una nueva figura, la del político pegado a la masa obrera, que parece
buscar el apoyo de los trabajadores sólo con el objetivo de llegar, elecciones mediante, a su puesto dirigencial. Se dibuja entonces la figura de un político que se sirve del reclamo obrero, para sus propios intereses de poder y que apenas participa de las reivindicaciones obreras.
Esta aparición se va a volver mucho más nítida en la figura de Juan Domingo Perón, quien desde afuera del movimiento obrero, se va convertir en líder y portavoz de los anhelos de la clase obrera, hasta llegar a convertirse paradójicamente en “el primer trabajador”.

La reconciliación entre los patrones y los trabajadores

Las aguas bajan turbias, el extraordinario film de Hugo del Carril, sin lugar a dudas una de las cinco o diez mejores películas argentinas de todos los tiempos, presenta un sesgo político o partidario un poco más acentuado que los filmes anteriores, los cuales si bien mostraban una marca ideológica evidente, no daban muestras de simpatías partidarias.
El film de Hugo del Carril parte de la confrontación de un tiempo presente (1952) esplendoroso y de pujante crecimiento nacional, según lo anuncia la voz en off que prologa el inicio del relato, frente a las décadas del ‘20 y ‘30, durante las cuales las aguas de los ríos litoraleños bajaban turbias de sangre.
La película narra la historia de los trabajadores de los yerbatales mesopotámicos, en el trayecto que va de la opresión más cruel y brutal a la destrucción de ese régimen injusto e inhumano. La sangrienta epopeya pone de relieve el momento en que los “mensús” (los trabajadores mensuales) comprenden que sólo por medio de la unión de sus fuerzas individuales derrocarán un sistema laboral esclavizante, puesta en escena a través de una
conmovedora metáfora con la cuál un viejo compañero les explica a los pobres obreros: “Este tronco gigantesco yo solo no lo muevo, solamente si todos nos unimos, podremos levantarlo”. Así de simple y directa es la expresión del valor que reside en el gremialismo. Este será el principio del cambio y el comienzo del fin del maltrato feroz sobre los mensús.
Según nos informa una voz en off sobre el final de la película, voz de tono periodístico al estilo de los noticieros cinematográficos Sucesos argentinos, esta rebelión impulsada por la fuerza de la acción gremial será el punto de partida para toda una serie de revueltas populares que, sumadas a la llegada de Perón al poder (no está dicho explícitamente)
abrirán paso a la construcción de una nueva Argentina. Protagonizada por el propio Hugo del Carril, Las aguas bajan turbias, es un film fuerte y conmocionante que representa en la pantalla la violencia sin medias tintas; donde hay brutalidad muestra brutalidad; la falta de piedad de los patrones es exhibida sin tapujos, de allí el valor de este film que
hace de un realismo brutal y sanguinario una bandera a favor de la comprensión de la importancia de las transformaciones del gobierno peronista. Cuanto más brutal es representado ese pasado, mayor es la felicidad que se siente al vivir este presente de reconciliación, propiciado por Perón.

El cine al servicio de la transformación social

Los hijos de Fierro, nos presenta una polémica interpretación de otra etapa histórica, la que sigue al exilio de Perón en España, etapa dominada por la incapacidad del movimiento sindical peronista para articular un frente capaz de luchar y defender los derechos laborales contra el poder del “Imperio” que insiste una y otra vez en aplastar a la clase obrera.
Dirigida por Fernando Solanas, producida por el grupo Cine Liberación, el cual se presentaba abiertamente como el brazo cinematográfico del movimiento peronista, es un film militante y apasionado, pero cuya pasión no le impide producir un notable análisis del período político que va de la caída de Perón hasta la espera de su regreso de España.
El film de Solanas se estructura sobre una polémica mixtura entre la figura de Martín Fierro y la de Juan Domingo Perón, mixtura en la cual los versos del poema, símbolo de la gauchesca sabiduría de la argentinidad, se entrecruzan con la palabra de los discursos de Perón. En ese gesto de mimetización con la figura de Fierro, hombre sabio y consejero, se dibuja una caracterización de Perón como guía político natural, algo así como un padre político de la patria, única figura capaz de encaminar a la Argentina por los caminos de la dignidad nacional.
Dueña de un realismo casi documental, manifiesta una conciencia ideológica y política tan apasionada y cercana al movimiento montonero, que por momentos la película parece una llamada a la acción inmediata. Filmada en 1974, en blanco y negro, en continuidad conceptual con La hora de los hornos, considerado éste uno de los filmes políticos más importantes de la historia del cine, es Los hijos de Fierro ( o “los hijos de Perón”), una de las reflexiones más lúcidas y complejas realizadas por el cine argentino sobre su propia historia.

Conclusión

Para concluir, podríamos decir que estas cuatro películas marcan un recorrido a través de la historia de las luchas sociales, partiendo de un primer período que podríamos llamar pre-gremial, narrado en QuebrachoLa Patagonia rebelde, y sus intentos de generar movimientos de trabajadores, liderados por figuras de la propia clase. Sus ideales representan imágenes posibles de una sociedad futura, que está por venir, que se presiente
cercana.
La llegada a esa sociedad en la que el trabajo es vivenciado como el motor del progreso personal y comunitario, es el punto de partida para Las aguas bajan turbias. Si este segundo momento, definido por la llegada de un Mesías político, que es el artífice de la transformación de toda una comunidad, que consigue levantar los ideales de la dignidad laboral y humana, anunciados por los movimientos de trabajadores del pasado, la tercera etapa del desarrollo de las luchas sociales en la Argentina está constituida por la espera del regreso de ese Mesías político que ahora se encuentra en el exilio.
Como vimos, Los hijos de Fierro, nos ubica en los días del exilio de Perón en España, retratando la nostalgia y la añoranza de los movimientos sindicales combativos, que aguardan el regreso del Mesías que, según confían ellos, va a conducir nuevamente los destinos de la Nación. La apelación a la imagen del Mesías no es caprichosa, ya que Perón es, para la clase obrera, “el Salvador”. Y además por el modo en que es representada su espera en Los hijos de Fierro, tenemos la impresión de estar asistiendo a la vigilia que preanuncia la llegada del Mesías que nuevamente, nos encaminará a la tierra prometida de la dignidad social.
El cine argentino, al reflexionar sobre la historia política del país, no sólo nos acerca a la interminable serie de circunstancias de opresión e injusticia, que parecen repetirse una y otra vez a lo largo de las décadas del siglo XX, sino que nos da también la posibilidad de releer e interpretar el pasado y al mismo tiempo de imaginar y planear otro porvenir.
Durante los tres últimos años, nuestra sociedad ha vivido constantemente sacudida por movilizaciones populares de todo tipo. Jubilados desahuciados, ahorristas traicionados y piqueteros combativos, se han convertido en protagonistas insoslayables de nuestra época.
¿Quién hará en el futuro el retrato de este presente, quién guardará para la posteridad (dado que el cine es también un museo de imágenes en movimiento), el testimonio cinematográfico de este principio de siglo crítico e inestable?

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s