Fin de fiesta: la tragedia cotidiana de un pasado inalterable

LEOPOLDO TORRE NILSSON

Fin de fiesta: la tragedia cotidiana
de un pasado inalterable

Por Fernando Perales

Pensar la historia argentina: la resignación frente al eterno retorno

Intentando una aproximación a la historia del cine argentino, entendida como fuente documental confiable respecto de la evolución de nuestro país, nos golpea, por la fuerza de su evidencia, una primera reflexión: es imposible hablar en la Argentina de un pasado absoluto, es decir, de un conjunto heterogéneo de hechos que ya han ocurrido, que han sido dejados atrás y que nunca han vuelto a repetirse.
Es imposible comenzar una historia diciendo “Había una vez….” como si estuviéramos por relatar un cuento compuesto por acontecimientos que han ocurrido una vez, hace mucho y no han vuelto a repetirse.
Revisar la vida política y social es encontrarse una y otra vez con lo mismo. Y sorprende que allá atrás, muy pero muy atrás, están las causas y las raíces de las desventuras de nuestro momento presente.
Este el sentimiento que provoca la visión de Fin de Fiesta, la película del director argentino Leopoldo Torre Nilsson, que nos recuerda el pasado, nos ilumina el presente y nos anuncia, tristemente, el futuro.
Las circunstancias y los personajes del film nos resultan familiares: un caudillo político tiraniza a su pueblo como si se tratara de su feudo personal, aferrándose a su poder hasta llegar al limite de un autoritarismo, marginal respecto de cualquier legalidad instituida. Sentimos con el correr de las décadas que nada de esto pierde vigencia; es una historia conocida, por haberla atravesado varias veces y también por haber sido atravesados por ella; no hace falta ponerle nombres actuales a esta tragedia nacional, porque de tan obvia se vuelve alusión grosera.

Una historia conocida

Fin de fiesta transcurre durante los años ‘30, en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Allí impera un viejo caudillo político llamado Mariano Braceras (Arturo García Buhr), quien en una bella tarde de verano, luego de organizar con Guastavino (Lautaro Murúa) -su hombre de confianza- un operativo nocturno para torturar a dos miembros del partido opositor, le aplica a su nieto Adolfo Peña Braceras (Leonardo Favio) una soberbia paliza a cintazos por haber intentado besar a su prima Mariana, encarnada por la actriz Graciela Borges.
Dueño absoluto de su familia y del pueblo, se gana el odio de su joven nieto cuando esa misma madrugada, Adolfo presencia el fusilamiento de los dos opositores, quien al ser descubierto por Guastavino se ve obligado a guardar secreto de lo que ha visto. Mientras tanto, su abuelo, para ocultar los crímenes, arma un gran funeral con todos los honores por la muerte de esos dos militantes, que según le hacen creer a un pueblo embriagado de empanadas y el vino, fueron asesinados en una simple reyerta callejera.
La complicidad y el silencio que Adolfo debe guardar lo acercan a Guastavino, quien le hace conocer otros aspectos de la vida nocturna del pueblo, las riñas de gallos con apuestas arregladas siempre para el lado de su abuelo y el maltrato a una maltrecha prostituta quien oficia de pareja de Guastavino.
Luego de una jornada electoral, en la que el viejo Braceras compra los votos regalando en mano billetes a los hombres que se disponen a votar y luego de fotografiarse con su abuelo que lo muestra orgulloso como su heredero, Adolfo increpa a su abuelo sobre las noticias que publica la prensa, sobre los fusilamientos y el fraude en los comicios que le ha dado una nueva victoria electoral.
Indignado y furioso por la insolencia de su nieto, a quien creía estar educando a su manera, el caudillo lo destierra del pueblo mandándolo una temporada a un convento jesuita de la provincia de Santa Fe para que el joven rebelde “aprenda a obedecer”. En ese momento, nace el rencor hacia su abuelo y buscará verlo caído en desgracia.
En la noche de Año Nuevo, huirá del colegio, para dirigirse a Buenos Aires. Su abuelo lo perdonará y Adolfo asiste con él y Guastavino al Senado, donde se está desarrollando el histórico debate sobre la exportación de carnes, durante el cual se comete el atentado contra la vida de Lisandro de la Torre, en el que muere el senador Enzo Bordabehere.
Cuando escapan del recinto del Congreso, Guastavino le confiesa a Adolfo que le parece que ese asesinato es haber ido demasiado lejos y que siente que debe retirarse de la vida criminal a la que lo ha conducido estar al servicio del viejo Braceras.
En los días siguientes le comunica la decisión a su patrón y éste inmediatamente le ordena a sus segundos, que asesinen también a Guastavino.
Durante esa noche, mientras están cenando en soledad, Braceras le informa a su nieto que han matado a Guastavino sin que este tuviera tiempo para defenderse. Pero finalmente Adolfo descubre que su propio abuelo es quien ha instigado el crimen.
Tiempo después, durante una fiesta familiar, un colérico Adolfo increpará a su abuelo a los gritos llamándolo “asesino” y el viejo caudillo sufrirá un ataque al corazón que lo dejará postrado y desde ese momento su joven heredero contemplará con alegría la triste decadencia de abuelo, quien pronto morirá.
La historia está montada sobre un flashback. El cuerpo principal del relato es el recuerdo que le provoca la apertura de la puerta de la habitación dentro de la cual su abuelo le dio aquella paliza al personaje de Leonardo Favio, para reencontrarse con el momento en que surgió el odio por su abuelo y por su prima Mariana. Es también la excusa para describir la caída de un sistema corrupto encarnado por el anciano Mariano Braceras y su trama de clientelismo político, sostenido a fuerza de vinos y empanadas que sirven para tapar cualquier exceso del poder.
Ese clientelismo, que no ha caducado en la actualidad, es la forma más baja de participación democrática, ya que ofrece sus votos al mejor postor. Allí se marca el paso de una época a otra, de un cambio en la forma de hacer política, de la cual el joven Braceras es el representante.

Señas particulares de un cineasta excepcional

Leopoldo Torre Nilsson nació en Buenos Aires el 5 de mayo de 1924, hijo del director pionero del cine argentino Leopoldo Torre Ríos, quién comenzó su labor artística en el periodo mudo y ya dentro del sonoro se convirtió en uno de los representantes de un cine popular, siempre atento a retratar con sinceridad el mundo cotidiano de personajes corrientes.
Leopoldo Torre Nilsson se inició en el mundo del cine como asistente de dirección en la película de su padre, Los pagarés de Mendieta (1939). A fines de la década siguiente codirigió con Torre Ríos, El crimen de Oribe (1949), adaptación del cuento “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares y El hijo del crack (1952), producida y protagonizada por Armando Bó.
Su primer film como realizador es Días de odio (1953) basado en el relato “Emma Sunz” de Jorge Luis Borges; este dato nos marca uno de los signos distintivos de la producción de Torre Nilsson: su recurrencia constante a textos literarios como base de sus guiones, realizados muchos de ellos en colaboración con su esposa Beatriz Guido y a pesar de la siempre problemática transposición del lenguaje literario al mundo visual, los filmes de “Babsy”, como se lo conocía a Torre Nilsson, son profundamente cinematográficos.
Entre 1953 y 1975 dirigió 27 filmes, la mayoría de gran calidad artística, logrando en algunos casos verdaderas obras maestras del cine nacional y mundial, ya que probablemente Torre Nilsson haya sido el director argentino de mayor trascendencia internacional en la historia de nuestro cine, alcanzando su apogeo a finales de la década del ‘50 y principios de la del ‘60, logrando una continua presencia en festivales europeos, donde sus obras fueron consagradas por la admiración de críticos y de cineastas.
Las películas de “Babsy” que van desde La casa del ángel (1956) a La chica del lunes (1966), representan su período de madurez artística, marcado por el uso virtuoso de la cámara, utilizada en todas sus posibilidades expresivas y de la iluminación como elemento dramático, al servicio del carácter de la historia narrada. A este segmento, pertenece Fin de fiesta, realizada en 1959.
Entre 1968 y 1971, realiza sus filmes patrióticos: Martín Fierro adaptación del clásico homónimo de la literatura argentina; El Santo de la espada (1969), sobre la vida del héroe de la independencia nacional Don José de San Martín; yGuemes, la tierra de armas (1971).
Sus obras finales marcan el regreso a un cine más personal desde La maffia(1971), a su último film Piedra libre (1975), pasando por Los 7 locos –basado en la novela homónima y “Los lanzallamas” del gran escritor argentino Roberto Arlt- y Boquitas pintadas, transposición cinematográfica del folletinesco mundo personal de Manuel Puig, a la pantalla.

Revisión crítica de la estética de Torre Nilsson a partir de Fin de fiesta

La primera apreciación que surge casi a la fuerza ante Fin de fiesta, es el reconocimiento de la profunda cinematograficidad[i].
Un director de cine o alguien que decide filmar una película cuenta con una serie de recursos expresivos para darle vida plástico-cinematográfica a esa historia. En primer lugar, una cámara, con la cual registrar el movimiento de las acciones; debemos agregar que la cámara solo registra porciones limitadas de la realidad, es decir que recorta fragmentos con significación para el sentido global de la obra; la iluminación, que no solo permite la visibilidad de los objetos del mundo para el ojo fotoquímico de la cámara, sino que en otros casos, el trabajo sobre el claroscuro, es decir sobre la composición de los encuadres marcando zonas de luz y otras de oscuridad, aporta un sentido dramático calculado, como también lo hace la música que acompaña a las imágenes.
Así como es usual reconocer que hay películas teatrales, ésta, aunque parezca una tautología, es verdaderamente cinematográfica.
Si podemos detectar rasgos siniestros y aterradores en la figura del tirano Mariano Braceras, no solo se debe a las acciones que lleva a cabo, sino también a la riqueza de su representación plástica y visual en la pantalla, que aumenta esta sensación de poder y criminalidad. Si la antigua y señorial casona que aloja a los personajes principales, se nos antoja tenebrosa y claustrofóbica, se debe al tipo de iluminación escogida en la prevalecen los grandes paños de sombras, en contraste marcado con los sectores iluminados, volviéndola real y concreta y al mismo tiempo, misteriosa y fantasmagórica.
A estos aspectos puramente visuales, se le suma la música atonal compuesta por Juan Carlos Paz, uno de los músicos más notables del siglo XX dentro del panorama de la música culta argentina, agregándole tensión e inquietud a las sofocantes imágenes de violencia.
Resumiendo, en esta obra los materiales técnicos-expresivos (cámara, iluminación, música, tipos de encuadres) tienen un rol fundamental en la construcción de la atmósfera ominosa que caracteriza al relato, al tiempo que participan en el retrato de la personalidad de los protagonistas y de los hechos que los definen como tales; en definitiva, el empleo de la luz, la variación constante de las posiciones de cámara y los tipos de encuadre, están trabajados en función dramática y no como un elemento externo o accesorio a la representación cinematográfica del relato.
Las películas más interesantes de Leopoldo Torre Nilsson, como La casa del ángelEl secuestradorLa mano en la trampa, por ejemplo, se hallan lejos de las estrategias que buscan representar en la pantalla la realidad de la manera más transparente posible; al decir esto, no olvidamos que, aún en esas películas en las que parecemos estar viendo la realidad misma, como si lo hiciéramos con nuestros propios ojos, como si no existiera una mediación estética, aún en esas posturas también existe un fuerte manejo de los códigos de representación para obtener una gran sensación de realidad.
La concepción del cine de Torre Nilsson es la de forzar las apariencias de lo real no para producir una imagen deformada sino para conseguir su verdadera expresión cinematográfica, al revelar los aspectos más esenciales e íntimos de la realidad. Para que quede más claro podemos decir que, si bien la imagen cinematográfica producida no es enteramente “naturalista”, sí estamos autorizados a decir que son la expresión más acabada y rica de la esencia de esa realidad, revelándonos aspectos ocultos que una figuración simplemente naturalista no hubiera llegado a conseguir.
Ésa es también la condición fundamental de la estética expresionista, que caracteriza a Torre Nilsson, desconfiar de la imagen artística muy parecida a la que el ojo percibe en la realidad, ya que la misma por su afán de identidad con su modelo es incapaz de hacernos percibir el rostro oculto y esencial de lo real.

Reflexiones sobre la figura del caudillo a partir de Fin de fiesta

Temáticamente, Fin de fiesta es también una radiografía no solo del accionar político en la Argentina de los años ‘20 y ‘30, sino a lo largo de todo el siglo XX.
Dentro de la trama política que retrata el film, recordamos que la figura principal es la del caudillo.
Hombres partidarios con un enorme poder propio, proveniente del dominio territorial de una cierta comarca provincial, en este caso el hipotético pueblo “Los Plátanos”. Gracias a esta hegemonía local conseguida a fuerza de sangre y de muerte, el caudillo hace valer su jerarquía dentro de una estructura dirigencial corrompida, dirigida por los caprichos brutales e injustos del hombre más fuerte.
Como lo demuestra la relación con sus nietos y nietas, a quienes les impone el rigor de su autoridad, el caudillo se instituye como ley política y familiar; el patrón del pueblo, domina con su autoritarismo sangrante el espacio publico de lo político y el privado de la familia, dejándoles a sus opositores, tanto políticos o familiares, como toda respuesta frente a los arrebatos de su poder, la aceptación y la convivencia o el castigo y el destierro filial.
Es así como en virtud de su poder incontestable, castiga a su nieto a cintazos en el comienzo de la película o hace fusilar a sus opositores o matar a quemarropa a su colaborador más cercano Guastavino (Lautaro Murúa) cuando éste decide alejarse del aparato político mafioso que hasta ese momento comandaba bajo las órdenes de Mariano Braceras.
La función de caudillo es doctrinaria, el caudillo posee un catecismo y su código de procedimientos propio y como todo poder hegemónico que pretende consolidarse y perdurar en el tiempo, cifra las esperanzas de su perennidad en la educación de las generaciones más jóvenes; en éste caso a través de sus nietos, a quienes se niega a darles la educación suave de “esos terratenientes que creían hacer patria yendo a gastarse sus fortunas en Europa” y prefiere tenerlos cerca para enseñarles a fuerza de latigazos, el dogma dirigencial heredado del capataz de campo que hacía valer su poder a punta de cuchillos, en cuanta ocasión pendenciera se le presentara, tal como lo muestra Domingo Sarmiento, en el “Facundo”.
La obtención de un poder cada vez mayor y más firme se convierte en el objetivo rector de su labor. No se gobierna por el bien común sino para asegurar y fortalecer su poderío, sin importar cuántas cabezas deban rodar. Si existe un hecho social que da muestras de una lucha constante contra la esterilidad, es decir contra la ausencia de una descendencia que continúe o incremente el poder heredado, ése es el poder político del caudillo.
Su accionar arrastra, como dijimos, costumbres ancestrales y revitaliza la herencia negra de una época anterior a la constitución de los estados modernos sentados sobre el imperio de la ley y las prescripciones constitucionales. El caudillo vive al margen y en el desprecio de cualquier ley moral establecida; decide bajo el arbitrio de su propia ética.
Si bien el film retrata la política de los años ‘30 cuando han pasado muchos años desde la sanción de la Constitución Argentina, el caudillo que nos muestra el film, a pesar de ser también miembro del Senado, vive al margen de ella. Para la ley del caudillo, la ley fundamental no tiene valor, ya que desafía el ejercicio de su estilo político orientado a la retención del poder de manera inclaudicable.
Negación de la renovación de los gobernantes que estipula el sistema democrático, el caudillo, obstinadamente, obstruye la corriente del recambio dirigencial. Es además, la garantía para sostener en el tiempo una estructura de funcionamiento que se ve permanentemente amenazada por el recambio eleccionario, que puede traer nuevos hombres dispuestos a dar por tierra esa estructura firme y corrupta.
El caudillo, rey sin trono, artífice de la tradición, confía y vive con la esperanza de encontrar herederos que le aseguren la construcción de una dinastía familiar.
Su aspiración es la inmortalidad; bastión de lo eterno, es un elemento inamovible, pétreo dentro de una estructura que constantemente se modifica. Que busca renovarse, depurarse para mejorar.
A esto refiere el nombre de la película: “fin de fiesta” significa fin de una época oscura, de poder sin límites para unos pocos que aterrorizan a unos muchos. Representa también la esperanza en la posibilidad de que surja una nueva y joven dirigencia más democrática y respetuosa de los ciudadanos. Adolfo Braceras es esa nueva política que parecería renacer con la muerte del viejo caudillo.
La experiencia histórica lo desmiente. Probablemente la fiesta aún continúe, no hace falta aclararlo.
Hoy, año 2003, nosotros que conocemos el futuro de ese porvenir que anuncia la película no se ha cumplido, sabemos que nada ha cambiado, que la fiesta ha continuado y ha sido inolvidable y salvaje. Se necesita fortaleza para vivir sin perder la esperanza en un país como éste. En definitiva, ser argentino, vivir en Argentina es tropezarse una y otra vez siempre con la misma piedra.

——————————————————————————–

Ficha técnica

Productor: Néstor Gaffet-Leopoldo Torre Nilsson, para ANGEL PRODUCCIONES (Bs.As.)
Dirección: Leopoldo Torre Nilsson
Guión cinematográfico: Leopoldo Torre Nilsson y Beatriz Guido
Director de Fotografía: Ricardo Younis
Música: Juan Carlos Paz
Fecha de Estreno: 23-06-60 en el Cine Teatro Broadway, Sarmiento y simultáneos.
Filmada en Blanco y Negro
Duración: 104 minutos
Calificación: Prohibida para Menores de 14 años
Elenco: Arturo García Buhr (Mariano Braceras), Leonardo Favio (Adolfo Peña Braceras), Graciela Borges (Mariana Braceras), Lidia Lamaisson, Osvaldo Terranova y elenco.


[i] Neologismo: condición de plenamente cinematográfico.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s