Malestares crónicos de la comercialización del cine en la Argentina

TRAS EL ESCÁNDALO DE LA MINA, UNA MIRADA SOBRE LA PRODUCCIÓN LOCAL

Malestares crónicos de la comercialización
del cine en la Argentina

Por Fernando Perales

Meses atrás tuvo lugar en la Argentina un episodio que sacó a la luz una situación que el cine local viene padeciendo desde sus inicios, y que -por cotidiana y recurrente- se la vive casi de manera natural.

Se trata del altercado que se generó en torno a La mina, la segunda película como director del actor Víctor Laplace: en la semana misma de su lanzamiento, de las 10 salas en las que tenía previsto y acordado estrenar el filme, 6 la dejaron fuera de la programación.

La ira de Laplace, hecha pública a través de entrevistas radiales y notas en diarios, iba dirigida contra las empresas de exhibición de capital extranjero que poseen la mayoría de las salas de la Ciudad de Buenos Aires y del resto del país y que deciden y condicionan las posibilidades de éxito de una película de antemano. Por ello, Laplace aseguraba que ya no podría, debido al levantamiento, recuperar la inversión realizada.

En un comunicado de prensa, el director identificó expresamente cuáles eran esas empresas: “El Circuito SAC (tiene 30 salas en Capital), el programador Sr. Cacho Irazabal no nos da sala; CINEMARK (tiene 28 salas en Capital), el programador Sr. David Saragusti no nos da sala; HOYTS GENERAL CINEMA (tiene 30 salas en Capital), el programador Sr. Rodolfo De Grazia no nos dan sala”, manifestó Laplace en un mensaje difundido por correo electrónico con poca repercusión en los medios de comunicación.
La actitud de esas cadenas de salas pone en evidencia el desprecio de las mismas por el cine argentino. La reacción de Laplace indignada y justificada, a pesar de que su película es verdaderamente mala, cuestiona la política empresarial que veladamente margina la abundante y artísticamente despareja producción nacional.
En este caso, la discriminación resultó evidente por el hecho de que se arrepintieron sobre la marcha de la decisión de estrenar el film de Laplace, llevando a cabo un auténtico acto de censura comercial que jaquea y deja en desigualdad de condiciones a nuestro cine frente a la poderosa industria de Hollywood.
La tiranía de las cadenas de exhibición que prefieren darle espacio de pantalla a las producciones americanas es tolerada de manera resignada por los productores y directores argentinos como una situación que solo se puede revertir con el apoyo y la intervención del Estado a través de las políticas de protección y fomento implementadas por el INCAA.
El organismo de planificación cinematográfica ha logrado en los últimos meses imponer un proyecto de cupo para nuestras producciones con el objetivo de darle espacio de pantalla a las películas de directores argentinos.
Obviamente, los exhibidores extranjeros sacaron a relucir su disconformidad, ya que esta nueva reglamentación conspiraba contra el espacio que estos les asignaban a las grandes producciones de Hollywood, las cuales cuentan con el favor mayoritario de público local.

No es historia nueva

Desde los orígenes mismos de su existencia, las empresas de Hollywood han construido un régimen comercial que debido al éxito universal de sus productos ha excluido de las salas a los filmes autóctonos de cada país.
Entre 1913 y 1914 comenzó el proceso de asentamiento y desarrollo de los grandes estudios productores en Hollywood. Quiso la casualidad, que ese año ‘14 Europa se viera envuelta en la Primera Guerra Mundial, mientras que el “El mestizo” de C. B De Mille, primer largometraje producido en Hollywood, se convertía en un éxito rotundo. Se iniciaba el desarrollo industrial del cine en Hollywood, también con el establecimiento de los otros estudios neoyorquinos en la zona de California.

Escapando de la presión que ejercía el trust de productores y distribuidores liderado por el inventor de la lámpara incandescente y el fonógrafo Thomas Alva Edison, un grupo de empresarios independientes que se negaban a pagar los derechos que el trust había estipulado, liderados por el visionario alemán Carl Laemmle, el húngaro Adolph Zukor y el también alemán William Fox, quienes fundarían respectivamente Universal, Paramount y Fox, crearon un nuevo sistema de producción, distribución y exhibición a la medida de sus caprichos y necesidades empresarias.
La creación de los estudios de filmación implicaba el mantenimiento de una inmensa y multitudinaria estructura productiva que debía ser sustentada por medio del lanzamiento de decenas de filmes anuales.
El atractivo y encanto aquellas películas fue universal y el modelo cinematográfico desarrollado por Hollywood se convirtió en la regla para todas los otros cines nacionales.
El éxito popular devino en prepotencia industrial y económica, de modo tal que los filmes de cada país perdían mercados a manos de los filmes americanos. Ningún exhibidor quería perderse la oportunidad de incrementar sus arcas gracias a los réditos que propiciaban las estrellas hollywoodenses. Esto llevó a un sistema de venta de las películas en bloque y en paquetes cerrados. Los estudios debían vender a futuro sus productos a los distribuidores para poder solventar los gastos de realización que poco a poco se iban incrementando debido a los delirios salariales de las “Stars”.
Y a su vez los exhibidores no se querían perder el último éxito cinematográfico del momento. Es por eso que se generó “el sistema de venta en paquete”, lo cual significaba que si una sala quería contar, por ejemplo, con los dos o tres estrenos del año de Chaplin debía al mismo tiempo comprar a ciegas todo un paquete de películas de menor calidad que aún no se habían realizado y sobre cuya calidad nada se sabía.
De este modo nació la tiranía de las empresas americanas que progresivamente terminaron por dominar todos los mercados extranjeros a fuerza de ocupar las mejores fechas de estreno y la mayor cantidad de salas, desplazando a un segundo lugar a la producción doméstica, y llevando en algunos casos a la desaparición o a la disminución de ciertas cinematografías.
Este modus operandi no solo afectaba a las películas locales sino que era a su vez una lucha descarnada entre los mismos estudios para dominar y despedazar el mercado para ver quien podía quedarse con la mayor proporción de salas, desplazando del negocio a los estudios competidores.

Futuro

A largo de la historia del cine argentino, se han buscado medios para hacer frente al avasallamiento económico que provocaba el cine americano. En la época del primer gobierno peronista, hubo un intento de proteger a la industria nacional y en la actualidad, como se dijo más arriba, se ha firmado un plan para mantener un cupo de pantalla que les permita a los directores y productores argentinos encontrar salas importantes donde poner sus productos.
Obviamente, los distribuidores extranjeros y las grandes cadenas de exhibidores han protestado frente a este gesto que implica una sensible disminución de sus ganancias, debido a la proyección de películas argentinas que seguramente no llevarán la misma cantidad de espectadores que el Hombre araña o algunas de las películas de Harry Potter.
La pérdida de espacio de pantalla es un mal crónico no solo de nuestro cine, sino de todos los países en general. El caso del film de Víctor Laplace es sintomático porque pone al descubierto el funcionamiento y la lógica con la que operan las empresas de capital extranjero dentro del negocio cinematográfico argentino.

 

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