El profesor tirabombas o la rebelión de los alumnos

RESONANCIA Y ECOS DE LA VIDA POLÍTICA EN EL CINE DE LOS 70

El profesor tirabombas o la rebelión de los alumnos

Por Fernando Perales

¿De qué manera el cine argentino se hizo cargo de hacer una representación contemporánea de la sangrienta coyuntura de la década del setenta? ¿Cómo se transformaron en ficción alusiva, comentario reflexivo o polémica militante los nuevos modos de accionar político de la época?
Entre las posibles maneras de describir y entender las visualizaciones de lo social en la pantalla, El profesor tirabombas, el film de Fernando Ayala de 1972, se puede pensar a través de la noción de “resonancia” o “eco”, que define la presencia de elementos sociales dentro de un relato de ficción de género no político. En el cine resuenan, o encuentran eco, voces y discursos que provienen de otro ámbito social y que por la fuerza de su irrupción pública no pueden dejar de ser escuchados en otros sectores.
La resonancia no supone una transposición directa o natural, sino que por el contrario, intuimos la mano de alguien que trae hacia la representación fílmica, porciones de la realidad para hacer uso de ella. Se trata de superponer sobre un género temático y narrativo determinado, pautas, figuras, personajes que proceden de otro campo, que quizás de otro modo no podrían cruzarse y que solo pueden hacerlo por obra del cineasta y su ideología. Claramente aunque el film no lo denuncie y sí lo disimule, hay alguien que se hace eco de circunstancias externas.
En definitiva, eso que pasa afuera se imprime, deja su huella en el film.
Y en este caso, resuenan o encuentran eco, las violentas circunstancias de la vida social y política de los años de transición entre las décadas del 60 y 70, con sus movimientos estudiantiles insurgentes, las huelgas laborales y la lucha política armada.

Para nosotros la libertad

El profesor tirabombas es la tercera parte de una saga de producciones que comenzó con El profesor hippie y continuó con El profesor patagónico, también dirigidas por Ayala, quien con un gran sentido de la oportunidad y un preciso olfato para la apropiación y conversión de fenómenos sociales en ficciones pasatistas e insulsas, se abocó a retratar con una mirada curiosa y pintoresquita personajes y costumbres que asombraban e incomodaban a la sociedad tradicional de esos años, como lo eran los hippies, con su vital rebeldía, sus nuevos cortes de cabello, las ropas multicolores, el desenfado y la probable alegría de esos nuevos sujetos sociales que hablaban de libertad y cambio.
Los tres filmes fueron protagonizados por Luis Sandrini, quien gracias a estas películas y otras venideras acabó convirtiéndose, en la ficción, en el símbolo de la reconciliación de las diferencias generacionales entre padres e hijos, o de los enfrentamientos ideológicos entre profesores y alumnos.
La anécdota de El profesor tirabombas es sencilla: en un colegio tradicional y conservador un grupo de alumnos lucha para abrir un bar, que representa para ellos un refugio de juventud y libertad que los alivie del peso de los claustros. Pero las autoridades del establecimiento se niegan terminantemente hasta que -gracias a la ayuda de dos profesores, los personajes de Sandrini y de Beatriz Bonet, que aparecen como “modernos y liberales”- consiguen inaugurar el espacio.
El día de apertura se lleva a cabo una reunión con un show musical, que termina cuando los más rebeldes del grupo sueltan ratones en el salón, provocando el terror y el escándalo entre los directivos y las alumnas.
Como consecuencia de ello y luego de una gran batalla campal contra los que han frustrado la celebración, la directora decide cerrar el bar, para disgusto de los sanos alumnos, que además se llevarán injustamente una gran cantidad de amonestaciones cada uno.
Y aquí se produce el giro temático y genérico más interesante: los alumnos deciden ir a huelga, no concurrir a clase, en signo de protesta contra la injusticia que representa el castigo y la clausura de ese lugar en el que ellos podían experimentar la felicidad y la desorientación de ser adolescentes rebeldes e idealistas.
Pero como la huelga no tiene efecto alguno, los alumnos toman el colegio, organizando un comité revolucionario que usurpa y se instala en el rectorado de la institución, llegando al extremo de preparar una bomba casera para hacer volar el colegio.
Casi sobre el final, la toma de la escuela llega a su conclusión justo de antes de convertirse en una masacre, ya que los policías se encuentran a punto de ingresar con bastones y armas a liberar el lugar.
La película plantea de manera banal, pero significativa en el microcosmos de la escuela, una problemática que excede sus límites reflejando parcialmente los conflictos y los métodos de lucha política de la época; recordemos que el film se realizó en 1972, en medio de un tiempo de lucha armada en las ciudades de la mano de Montoneros y otras agrupaciones.

El efecto de la extrañeza

El efecto inquietante y de extrañeza que genera la película proviene del entrecruzamiento sobre el espacio de un sub-género cinematográfico ligero, como el de estudiantes, de dos series temáticas cinematográficamente incompatibles en términos tradicionales. Mezclar una estudiantina rosa -con su lógica narrativa y conceptual bien definida- con los métodos militarizados de las agrupaciones políticas de esos años, no puede menos        que sorprender y llamar a la reflexión. Es la mezcla de dos discursos heterogéneos la que sorprende o más bien inquieta: que se hable de esas cuestiones produciendo un desborde de los límites y las expectativas esenciales que el género marca.
Por qué atribuirle a jóvenes comunes y corrientes estrategias y recursos propios de los grupos armados? O, ¿por qué las alumnas convierten en un fetiche generacional la defensa de la libertad? Por ejemplo, hay tramos de los diálogos que remiten claramente a otras voces, a voces políticas como aquella en la que una alumna dice con gran convicción: “Profesor, Ud. ¿no lucharía contra la injusticia cuando sabe que sufre una situación injusta y arbitraria?”. La interpretación de la frase no quiere ser extremista pero por ejemplo se parece, en otra escala, a la sentencia de Juan Domingo Perón que decía que la lucha armada es justa y necesaria si se la utiliza para derrocar un orden injusto.
Vemos también representada, la tensión generacional entre los nuevos jóvenes de pelo largo y chicas desafiantes, y los profesores conservadores, a través de la lucha por la abolición de un orden injusto y dictatorial, donde las libertades personales no existen, y que requiere la aplicación de los métodos usuales de lucha militar, como la huelga y la toma de establecimientos y la colocación de bombas.
Pero todo, reprocesado a través de una estudiantina estúpida, reduciendo la protesta auténtica y los verdaderos conflictos al grado de un juego adolescente, en el que los reclamos parecen exagerados ya que esos chicos felices y locuaces parecen embarcarse en esa protesta extrema por el solo gusto de ser rebeldes, siguiendo los dictados de los aires insurgentes de la época.
Revisar hoy El Profesor tirabombas es recordar un testimonio de la manera en la que parte del cine encaraba los problemas sociales en esos años. La cuestión política tenía tal potencia expansiva que llegaba a manchar y contaminar aún géneros cinematográficos que naturalmente no tratarían esos temas.
Por eso podemos concebir al film como una caja de resonancia y escuchar en él algo que procede de otro espacio, que lo que el film proyecta es a su vez proyección de sucesos que llegan de otro ámbito social, aunque eso que deja la huella de su existencia en la pantalla no sea más que una caricatura trivial y vulgarizada, pero significativa, a la hora comprender el entrelazamiento del cine y la realidad política durante los años setenta en la Argentina.

 

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